Mariano Beristain

Durante la otoñal función que brinda los viernes en el anfiteatro “La Máscara”, el cantaautor Ignacio Copani señala al ex ministro del Interior y Trenes, Florencio Randazzo como un “obstáculo” de cara a la unidad del “movimiento nacional y popular” y a la postulación de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Este argumento no es privativo de Copani surge habitualmente en los espacios de debate de las redes sociales en las que los justicialistas y kirchneristas analizan cual de los dos es el candidato apropiado para enfrentar al oficialismo en la provincia de Buenos Aires durante las elecciones legislativas de octubre.

Antes de discurrir por estos andariveles aceitosos conviene evaluar muy superficialmente cuál es el papel que han jugado los principales actores políticos desde que se rompió la prevalencia kirchnerista en diciembre de 2015, sin hacer ningún tipo de juicio valorativo.

Con un estilo propio, el presidente Mauricio Macri se ha transformado en un digno exponente de la derecha vernácula. Hoy Macri es un referente indiscutible, como nunca lo tuvo el conservadorismo en la Argentina, al menos en democracia.

Más allá de las dificultades que evidencia para expresar sus ideas en público, el Presidente se apega a un libreto escrito y ha logrado tres objetivos esenciales durante los primeros 18 meses de gestión.

Por un lado, Macri ha sido lo suficientemente inteligente para mantener dividida y en catarsis permanente a la oposición del Frente para la Victoria (FpV). Dato más que significativo si se toma en consideración que de esta manera el oficialismo logró, en consonancia con el renovador Sergio Massa, hacerse del control efectivo de las dos cámaras del Congreso de la Nación y aprobar, de esta manera, las leyes que definieron la columna vertebral del programa económico-financiero y jurídico de la alianza Cambiemos. Esto le permitió a Macri monopolizar la agenda de discusión y relegar a un segundo lugar a Sergio Massa y a un tercer puesto decorativo al kirchnerismo.

En la misma sintonía, Macri, acompañado por sus alfiles de confianza, el superasesor Jaime Durán Barba y el jefe de Gabinete, Marcos Peña, compuso una ingeniería política que le simplificó el engorroso proceso de cohesión intraalianza y de predominio político frente a Massa, su hasta ahora principal socio-competidor de cara al establishment económico.

Con la vieja burocracia radical y la anfibológica Elisa Carrió anidando entre sus filas, Macri debió hacer muchas peripecias para sostener un delicado equilibro que lo afiance como referente plenipotenciario de Cambiemos. Lo consiguió. Con marchas y contramarchas, pero lo logró. Cuando Massa, con motivo del debate por un proyecto ampliado de Ganancias, quiso hacerle sombra y disputarle la hegemonía, Macri lo aplastó sin conmiseración y Sergio se fue al maso sin siquiera presentar batalla. Este golpe resultó determinante para el tigrense porque desde entonces el denominado círculo rojo, emblemáticamente encabezado por el CEO del Grupo Clarín, Héctor Magnetto, comprendió que Macri era la persona ideal para liderar la primera etapa de su programa político-económico. En cambio, el Frente Renovador quedó relegado a un lugar insignificante en el tablero e inició desde entonces un proceso de discusión interno que en su capítulo inicial determinó el alejamiento de dos piezas claves del entramado massista: el ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández y el diputado de extracción sindical, Rodolfo Daer. Hoy Massa apenas ameniza las sobremesas del poder y su principal foco está centrado en mantener su caudal electoral en los próximo comicios para cifrar alguna expectativa de continuar siendo la rueda de auxilio de Cambiemos con miras a las presidenciales del 2019.

Por ahora, el Frente Renovador sólo tiene un piso alto garantizado en la zona norte de la provincia de Buenos Aires, particularmente San Fernando y Tigre, pero también está haciendo un buen trabajo en los segmentos pobres, amen de la alianza que mantiene con Cambiemos en algunas provincias como la estratégica Córdoba, Jujuy, y Formosa (Frente Renovador Socialista Cambiemos).

Sin embargo, la gran conquista de Macri consistió en erigirse en el articulador de un grupo de poder que se asentó sobre los principales factotums económicos del establishment; el Grupo Clarín (los grandes medios), el sector agroexportador, los latifundios agrícolas, el sistema financiero local e internacional, los fondos Buitres, un sector del gremialismo (Gerónimo “momo” Venegas, las 62 organizaciones y Luis Barrionuevo, entre otros), la cúpula judicial y las fuerzas de seguridad. Sin embargo, la alianza es más amplia y compleja porque Macri también cerró filas con los “halcones” del Partido Demócrata de Estados Unidos e Inglaterra y con el ala dura de la Unión Europea, esencialmente con el Partido Popular de España, el partido socialdemócrata de la alemana Angela Merkel e incluso con Holanda, entre otros. Tampoco habría que desdeñar la importancia de los acuerdos que selló Macri con el Brasil de Temer, México, Perú e incluso la derecha chilena y venezolana. Es decir, Macri y Cambiemos articularon en menos de 12 meses lo que jamás pudo consolidar el kirchnerismo en 12 años, una alianza político-económica amplia que le ofrezca sustento en el tiempo a un proyecto muy ambicioso. Por supuesto, dirán algunos y con razón, que con el diario del día después cualquier definición respecto de estos “errores” del kirchnerismo no es más que un reduccionismo.

No obstante ello, el principal motivo de preocupación que ofrece la disyuntiva macrista se asienta justamente en la enorme fortaleza que esconde la alianza política-económica de Cambiemos. No se trata, como imaginan desde algunos sectores de la oposición, un acuerdo entre dos partidos políticos sino de un amplio movimiento en el que confluyen grandes actores económicos locales e internacionales, con sus respectivos think thanks y espacios del pensamiento, junto a sectores empresarios/corporativos, pseudogremiales, sociales, politicos e incluso culturales. Esto también explica porque se entremezclan en este espacio algunos dirigentes de la talla de Sergio Massa, los ex jefe de Gabinetes k, Alberto Fernández y Juan Manuel Abal Medina e incluso otros como Diego Bossio y el senador Miguel Angel Pichetto, que en la práctica terminan siendo funcionales a este verdadero programa de gobierno conservador.

Esta gran alianza de derecha se forjó a fuego lento desde que las entidades gremiales empresarias del campo ganaron la batalla contra las retenciones móviles, fenómeno que expresó esta alteración en las relaciones de poder que se produjo después de la gran crisis del 2001-02. Desde el ala progresista, encabezada por el kirchnerismo puro y un sector de la izquierda, no hubo una lectura clara y profunda del renacimiento del neoliberalismo que comenzó a gestarse en el país a partir de la caída de la resolución 125. Muchos dirigentes kirchneristas creyeron que el triunfo lapidario de CFK en el 2011 representaba un renacer del proyecto nacional y popular pero el árbol les impidió mirar con claridad el bosque. El voto “no positivo” de Julio Cesar Cleto Cobos marcó un quiebre que trascendió lo estrictamente político-partidario y expresó la recuperación de lo más granado del stablishment: el campo concentrado, como eje de una alianza más amplia entre las firmas agroexportadoras, los grandes productores y el sector financiero. También delineó el inicio de un proceso de cambio más amplio y profundo que empezó a gestarse en el 2007 con el ascenso político de Mauricio Macri, quien se hizo del gobierno porteño al asestarle un golpe de Estado institucional al alcalde Anibal Ibarra, gracias a los titubeos del propio kirchnerismo y a una extraña “operación” del propio Alberto Fernández.

Pero volviendo a la administración Cambiemos, Macri además de contar con un verdadero acorazado político y económico, también ha enseñado otra virtud, cuenta con un proyecto de país, cimentado, justamente, en los sectores que encabezan esta alianza.

Este asunto merece un artículo aparte pues, a prima facie, uno podría repetir el error y simplificar los conceptos al afirmar que el modelo de M refiere a una nación agrícola e intensiva en la explotación de recursos naturales, primarizada, con servicios básicos que viabilicen este programa. También corremos el riesgo de plagiar las historia si señalamos que el programa de Cambiemos marginará en el mediano y largo plazo a las dos terceras partes de la población.  Pero el programa de Cambiemos es mucho más que eso. El establishment prevé reconfigurar el modelo de nación, destruir el sentido actual de las instituciones (políticas, económicas, jurídicas, electorales, laborales, culturales y sociales, entre otras) para diseñar un país con reglas propias que se ajusten a la cosmovisión del poder real. Cambiemos llegó para subvertir la noción misma de la democracia. Todo ello a una velocidad asombrosa y con un despotismo preocupante, caracterizado por una ausencia absoluta de diálogo, los aprietes a gremialistas, jueces, legisladores y, en algunos casos, rayando los límites de la ley. El caso del golpista y corrupto Michel Temer en Brasil es ejemplificador porque muestra que un Presidente puede gobernar la principal economía de Latinoamérica accediendo al poder político de forma espuria y con el 3% de apoyo popular. Temer es el espejo en el que se refleja Macri, quien también se encuentra asediado por varios incidentes de prostitución económica que hace poco incluyeron un allanamiento de la justicia a la Casa Rosada por el caso Avianca. Los grandes medios jamás se hicieron eco de ello porque justamente lo emparenta a Macri con su par brasilero y hoy por hoy nadie duda del liderazgo del italosionista para llevar adelante la refundación del país a la que aspira el círculo rojo.

Por supuesto, el oficialismo tiene que sortear algunas dificultades. Para no marginar a ninguno de sus socios económicos y políticos y avivar tensiones al interior de la alianza, el programa de M debe subordinar a amplios sectores de la población, esencialmente a aquellos que tienen ingresos fíjos medios y bajos como los trabajadores en relación de dependencia, los informales, los autónomos, y los pasivos, entre otros. Pero también golpea al entramado económico marginal, pequeño y aleatorio que encarnan los emprendimientos familiares, los comercios, las pymes e incluso aquellas grandes firmas que compiten en el país con las multinacionales. En el modelo de M el rol de las crisis es clave porque actúa como “depurador” del sistema económico. Dicho en otras palabras, la interrupción del crecimiento que se llevó adelante con las primeras medidas de Cambiemos fue un objetivo buscado por el nuevo Gobierno, que “fabricó” la crisis no sólo con el propósito de aumentar el desempleo para disciplinar a la clase obrera, “flexibilizar” las condiciones de empleo y reducir los salarios sino también con el fin de cribar la estructura productiva. En el terreno de los negocios, un golpe económico fuerte hunde a las empresas que se encuentran débiles y a las pequeñas que compiten con corporaciones consolidadas, debilita a las medianas y grandes con poca espalda financiera y robustece a aquellas multis que se apropian de un mercado mayor por la caída de sus competidores y el efecto desaliento para el ingreso de nuevos jugadores al mercado.

En la Argentina de M, las denominadas políticas de shocks debilitan las instituciones, favorecen los cambios radicales en materia laboral pero también administran la concentración económica e impulsan los giros copernicanos hacia una estructura productiva primarizada ya que al reducir la participación del Estado también trunca el camino hacia un modelo de crecimiento que promueva el agregado de valor en la industria y la agroindustria e impulse la inversión público-privada en desarrollos científicos-tecnológicos. No obstante, desde un sector de la derecha consideran que la política de ajuste “dosificada” que implementó el Macrismo en los primeros 18 meses no es funcional. Por eso la administración Cambiemos ya adelantó a través del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, que después de las elecciones habrá un macroajuste en todos los ordenes del gasto y la inversión pública, que significará en la praxis un proceso mayor de “selección” inducida, con parámetros brutales de exclusión social y económica y efectos disruptivos en algunas zonas geográficas como los anillos poblacionales que circundan a Buenos Aires, Córdoba, Rosario y las provincias del norte y el sur del país. El andamiaje socioeconómico postelectoral se va a agravar y, por consiguiente, también crecerá la intervención represiva de las fuerzas de seguridad, dirigida a aplacar la resistencia de los sectores sociales que se opongan al ajuste.

Ante un esquema complejo, dominado por una alianza conservadora sólida, con pocas grietas y un proyecto muy claro de país, empiezan a surgir algunas reacciones que, en primera instancia, se esbozaron en las marchas de protesta multisectoriales que encabezaron algunos sectores del sindicalismo enrolados en la CTA reunificada, la Corriente Federal del bancario Sergio Palazzo y el movimiento docente. Pero la oposición política recién ahora empieza a despertarse, fundamentalmente de la mano de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Ahora bien, ¿Qué papel juega Randazzo en esta nueva etapa del país? Desde de los sectores que se oponen a CFK creen que el ex ministro del Interior y Trenes podría transformarse en una suerte de amalgama que traccione y encolumne a toda la oposición detrás de una figura “nueva” que no despierte los sentimientos contradictorios que genera CFK en un grupo poblacional que compró la dicotomía corrupción/transparencia que introdujeron el Grupo Clarín y sus satélites como eje central del interés público. Randazzo pretende ocupar ese espacio, desafiando a la ex presidenta para dirimirlo en unas PASO. Frente a esta estrategia, el kirchnerismo enfrenta varias dificultades. En primer lugar, al rechazar las PASO también reniega de una iniciativa que nació, impulsó y aprobó el kirchnerismo. Además, a todas luces la decisión K de no aceptar las primarias plantea algunas dudas respecto del carácter pluralista del modelo que encarna la ex presidenta. Es decir, la encrucijada política que diseñó Alberto F con las PASO conlleva un costo político para el Kirchnerismo.

Sin embargo, como todo ardid, tiene sus limitaciones. En primer lugar, el Frente para la Victoria es la única alianza en la provincia de Buenos Aires que se presentaría a las PASO, con lo cual queda claro que la “movida electoral” de Randazzo apunta esencialmente a encolumnar detrás de su figura a todos los antikirchneristas militantes que aborrecen a la ex presidenta, incluso a aquellos que después votarán por Cambiemos o el Frente Renovador.

Este fenómeno se agigantaría gracias al accionar de los grandes medios que convocarían públicamente a sufragar en contra de CFK. Además, el caso de Martín Lousteau, que intentó presentarse en la Ciudad de Buenos Aires a las PASO sin éxito ante la negativa de Cambiemos, derriba el argumento que pretende mostrar al kirchnerismo como antidemocrático. La expresidenta aparece como la postulante con mayor intención de voto, mientras que en el caso de que la lista esté encabezada por Randazzo, la chances del FpV de ganar los comicios se reducen notoriamente. 

En realidad, Alberto F, en calidad de jefe de campaña, apunta a encontrar en el resto de los partidos el apoyo que Randazzo no concita en su propio espacio, con lo cual es un reflejo de las debilidades propias.

De acuerdo a un pormenorizado relevamiento del portal Diagonales, de 51 intendentes bonaerenses, 42 apoyan a la ex Presidenta, 7 a Florencio Randazzo y 2 se mantienen neutrales.

En la primera sección, once distritos son gobernados por el FPV. Entre estos 8 jefes comunales apoyan a CFK: Gustavo Menéndez (Merlo); Leonardo Nardini (Malvinas Argentinas); Ariel Sujarchuk (Escobar), Santiago Maggiotti (Navarro), Juan Ignacio Ustarroz (Mercedes); Ricardo Curutchet (Marcos Paz); y Alberto Descalzo (Ituzaingó); 2 a Randazzo: Gabriel Katopodis (San Martín) y Juan Zabaleta (Hurlingham); y Mario Ishii de José C. Paz se mantiene al margen de la discusión.

En la segunda sección, CFK recibió el apoyo de 4 intendentes: Francisco “Paco” Durañona (San Antonio de Areco), Osvaldo Cáffaro (Zárate), Oscar Ostoich (Capitán Sarmiento) y Mauro Poletti (Ramallo); y Randazzo consiguió el aval de Ricardo “Pito” Casi (Colón).

En la tercera, el apoyo a CFK es unánime: Martín Insaurralde (Lomas de Zamora), Patricio Mussi (Berazategui), Fernando Gray (Esteban Echeverria), Mariano Cascallares (Almirante Brown), Jorge Ferraresi (Avellaneda), Gustavo Arrieta (Cañuelas), Mario Secco (Ensenada), Hernan Yzurieta (Punta Indio), Aníbal Regueiro (Presidente Perón), Verónica Magario (La Matanza) y Julio Pereyra (Florencio Varela). Por su parte, Alejandro Granados (Ezeiza) se mantiene al margen.

CFK cuenta con el apoyo de 4 intendentes de la cuarta sección : Pablo Zurro (Pehuajó), Walter Torchio (Carlos Casares), Carlos Cortes (Hipólito Yrigoyen) y Alberto Conocchiari (Alem) ; y Randazzo consiguió el respaldo de Germán Lago (Alberti).

En la quinta sección, 5 jefes comunales respaldan la candidatura de Cristina: Juan Carlos Veramendi (General Paz), Gustavo Barrera (Villa Gesell), Gustavo Walker (Pila), Juan Pablo de Jesús (La Costa) y Héctor Olivera (Tordillo). Por su parte, Francisco Echarren (Castelli) confirmó que apoya a Randazzo.

En la sexta, un distrito que reúne a varios dirigentes históricos randazzistas, el ex ministro cuenta con el apoyo del jefe comunal Monte Hermoso, Marcos Fernández, mientras que los otros 7 intendentes del FPV apoyan a CFK: Julio Marini (Benito Juárez), Alejandro Acervo (Daireaux), Eduardo Santillán (González Cháves), Néstor Álvarez (Guaminí), Alfredo Fisher (Laprida), Hugo Corvatta (Puan) y Roberto Álvarez (Tres Lomas). En la séptima, excepto por el randazzista Eduardo ‘Bali’ Bucca (Bolívar), los otros tres jefes comunales de la sección apoyan a CFK: Hernán Ralinqueo (25 de Mayo), Juan Carlos Gasparini (Roque Pérez) y Gustavo Cocconi (Tapalqué).

Los intendentes coinciden en la necesidad de que Randazzo acepte un acuerdo de unidad que proyecte la candidatura de la ex presidenta por qué saben que de esta manera, también aumentan sus chances de retener su distrito.

Además, hay otros elementos que despiertan incertidumbre en torno de las verdaderas intenciones que persigue el ex ministro de Trenes. Por un lado, su armador Alberto F siempre ha sido acusado de ser un operador del Grupo Clarín, con lo cual genera una enorme desconfianza en el entorno de la ex presidenta. Cabe recordar que el lanzamiento público de Randazzo como precandidato del Frente para la Victoria se hizo efectivo el primero domingo de marzo a través de la portada de Clarín, el día de la semana de mayor tirada del matutino. Además, Pablo Casey, sobrino ascendente del CEO de Clarín, Héctor Magnetto, cumple un papel determinante en la campaña de Randazzo, con quien comparte una amistad desde la infancia en Chivilcoy.

Todos estos argumentos están reñidos con la intención sana de algunos militantes que apuestan a una interna abierta con el objeto de generar un espacio lo más amplio posible para plantarse ante la sociedad como herramienta de control y confrontación frente a la propuesta derechista que encarna Macri.

En la historia política reciente, la experiencia de la Alianza UCR-Frepaso, que se hizo del gobierno con Fernando De la Rúa, expresa los riesgos que propone un acuerdo abierto circunscripto a un frente opositor, sin un proyecto común. La Alianza fracasó rotundamente como alternativa de control al menemismo y terminó su paso por el gobierno de forma estruendosa con una crac socioeconómico fenomenal, cuya única arista positiva es que forzó un giro de 180° en las políticas neoliberales con la llegada de Néstor Kirchner al poder. La convivencia de dos espacios con intereses opuestos (kirchnerismo y Randazzismo) dentro de un mismo frente podría profundizar la crisis en el campo popular y ahogar cualquier iniciativa seria en ciernes.

Justamente una de las enseñanzas que dejó la Alianza UCR-Frepaso fue que el voto contra el espanto del menemismo, en lugar de encontrarle una salida al neoliberalismo, terminó engendrando un gobierno débil y le permitió a Carlos Menem deslindar sus responsabilidades políticas y trasladárselas a la triste Alianza.

Además, la pregunta del millón es ¿cuánto suma, en realidad la incorporación de Randazzo? La negativa del ex ministro a aceptar una salida negociada, de consenso, plantea interrogantes respecto del objetivo que persigue Alberto F con esta jugada electoralista.

En unas PASO, Randazzo tiene mucho por ganar y nada para perder. En el caso de que fracase, posiblemente fracture al Frente para la Victoria (FpV), pues no tiene la obligación de acompañar la candidatura de CFK. Incluso Randazzo podría negociar su apoyo político al propio Massa, consolidando más la figura de un candidato que pretende restarle votos al FpV. Alzarse con la victoria, en cambio, mostraría a Florencio, de cara a la sociedad y a los medios de comunicación,. como el sepulturero político de la ex presidenta y obligaría a los kirchneristas a seguirlo con su voto, eligiéndolo como el mal menor.

Pero en este último caso, el elector tampoco cuenta con la garantía de que Randazzo exprese realmente una propuesta mejoradora del kirchnerismo pues nadie sabe a ciencia cierta qué piensa y que está en condiciones de ofrecer el ex ministro. El problema de fondo en la oposición es ése. La discusión no debería girar en torno de la persona sino del proyecto que lleva bajo el brazo el candidato, con un jo puesto en el 2019.

Por eso la incursión de Randazzo en la interna del FpV puede enrarecer el panorama y transformarse, como dice Copani, en un obstáculo, no solo para ponerle límites a la desembozada ofensiva derechista de Cambiemos sino también para ofrecerle al electorado una propuesta alternativa real de poder.