Mauricio Macri, el Marco Polo del Nuevo Mundo

Por Julio Fernández Baraibar

La pregunta del millón es, en mi modesta opinión, si está bien o mal el restablecimiento de los acuerdos económicos y financieros con China, acordados oportunamente por CFK, y que, en su iconoclastia antikirchnerista y proyanqui, el gobierno de Macri denunció en los primeros días de su gobierno.

China parece ser la única gran potencia económica en condiciones de reemplazar al Imperio Británico en su complementación con la Argentina agroexportadora. Ese encastre perfecto que lograra la generación del 80 con Gran Bretaña, como resultado de la prodigiosa feracidad de la pampa húmeda, nunca pudo ser reeditada con la potencia emergente de la Segunda Guerra Mundial, los EE.UU. La competencia de nuestra producción agraria con la norteamericana generó permanentes roces, desde los años cuarenta en adelante. Es más, gran parte de la belicosidad de la administración demócrata en los primeros tiempos del peronismo, se basaba en la política generada por el entonces vice presidente yanqui, Henry A. Wallace, un representante y lobbysta de los estados agroproductores del Medio Oeste.

Nuestra clase dominante, la histórica y tradicional oligarquía, adhería ideológicamente al occidente capitalista planteado por la Guerra Fría, pero el paulatino deterioro de los términos de intercambio, la intensificación agraria inglesa y europea y, sobre todo, la producción capitalista agraria norteamericana, no le permitieron reeditar la Edad Dorada de la complementación inglesa.

Arturo Jauretche, Jorge Abelardo Ramos y, en años más recientes y en trabajos más sistemáticos, Mario Rapoport han explicado ampliamente esta insoluble dificultad. La “crisis de los limones” -para usar una expresión risueña y ambigua- es la manifestación más reciente de esta competitividad irreductible.

Ahora bien, China, por razones que no viene al caso enunciar, ha logrado en los últimos dos decenios ocupar el papel de aquel hoy percudido Imperio Británico. Es más. La información periodística, escasamente divulgada en Argentina, apunta a que el nuevo Celeste Imperio está dispuesto a invertir, directa o indirectamente, para abaratar costos de transporte, en obras de infraestructura. Ferrocarriles, caminos, centros de almacenamiento, puertos y centrales de energía son las áreas en donde la inversión o la financiación china puede lograr que las commodities locales lleguen con un mejor precio a los consumidores orientales.

El giro -inesperado para el gobierno tontamente ideológico de Mauricio Macri- de la política norteamericana, con la llegada de Donald Trump, el desguace del Tratado del Pacífico y el nuevo planteamiento del Tratado Transpacífico dejaron a los egresados del Newman sin el recurso mágico de la lluvia de inversiones.

Y ahí estaban los acuerdos firmados por Cristina y, sobre todo, ahí estaba don Franco Macri, instalado hace años en su penthouse de Shangai. Decíamos en una nota de hace unos años, refiriendonos al padre de nuestro actual presidente:

Cuando Franco Macri, desde su piso en Shangai, dice que le gustaría que el próximo presidente sea de la Cámpora, lo que hace es pegarle una bofetada pública a la moralidad del establishment. Les dice ‘ustedes son unos pacatos, apretados por la moral de sus esposas, a las que tienen que soportar y pagar fortunas en pavadas, en lugar de lanzarse a la aventura de multiplicar los bienes que hemos recibido bajo la forma de invertir, pagar salarios, producir y vender. La Cámpora les hará entender cómo son las cosas’, agrega sin estar convencido.

Sabe que su hijo es una consecuencia del precio que tuvo que pagar ante el establishment para ser reconocido: casarse con una mujer de la oligarquía y mandar a su hijo al Cardenal Newman, donde toda la vida lo llamaron ‘el hijo del tanito con plata’. Tampoco va a decir que no lo voten. Simplemente dice que no tiene ‘corazón de presidente’. Ese viejo, a su modo, es un genio.
Claro que, ‘digo es un decir si España cae’, si ganase contra su propio pronóstico, su hijo, trataría de hacer negocios con su gobierno. Pero eso es como en el cuento del alacrán, está en el carácter. Carácter que, por diversas razones, en nuestros países, suele ser muy poco frecuente”.

Hoy sabemos que cayó España, para citar a Vallejo, o que los bárbaros han llegado, para darnos corte con Kavafis, y don Franco mantiene su muy burguesa avidez por los negocios. Denunciar que en esos negocios él ganará dinero es como descubrir la capacidad de mojar que tiene el agua. También lo hacía con Cristina.

La duda, que es casi una convicción, que nos asalta es que esa negociación en manos de un gobierno de apátridas, torpes y sin densidad nacional, nos saldrá mucho más caro que lo estrictamente necesario. China, a diferencia del Reino Unido, no pretende quedarse ni con los ferrocarriles, ni con los puertos, ni con las centrales eléctricas, ni siquiera con la distribución de la misma, como sí lo hicieron los ingleses. Pero la ineptitud de estos burgueses con conducta oligárquica, rentística y especulativa, puede hacerle cambiar de idea a nuestros socios orientales, que a diferencia de nuestros liberales, son famosos por haber construido una muralla que los aislara de las acechanzas del mundo hostil y ajeno, y se dedicaron a construir hacia adentro una nación y una cultura.

Incluso una buena política posible es, en manos de esta gente, una nueva posibilidad de sumisión y vasallaje.