Por Flavio Cuoco*

Hace poco, alguien me dijo la frase, que me resultó llamativa: “Macri es un maestro”. Perplejo por tan temeraria afirmación, independientemente de la opinión personal que se pueda tener sobre el Presidente, pregunté por qué lo decía, y la respuesta fue simple: “el tipo logra que la oposición lo siga subestimando, mientras tanto, sigue haciendo lo que quiere”. Más allá de lo subjetivo de la afirmación, uno de los campos en los que Macri está haciendo lo que quiere -y que eligió para dar la pelea en pos del disciplinamiento sindical- es, sin dudas, el de la educación. El Ministro de Educación de la Nación, sin ser docente ni siquiera ‘de rebote’, llega al cargo por sus “logros” de gestión en el cargo homónimo de la Ciudad de Buenos Aires.

Los “logros” de Bullrich están asociados a la puntillosa aplicación de una receta que concibe a la educación como un bien de cambio, y no como un derecho (esta idea se le “escapó” a Macri cuando dejó entrever su pensamiento: quienes concurren a la escuela pública de gestión estatal lo hacen no por opción sino porque “no pueden” acceder a la escuela privada -como si eso, además, asegurara mayor calidad-).

El Ministro (pero, en definitiva, Macri) amplió fenomenalmente la estructura jerárquica del ministerio. De una Secretaría de Educación pasó a cuatro; con la consecuente multiplicación de Subsecretarías, Direcciones Nacionales, Direcciones de línea, Coordinaciones, etc. Frente a esto, la lógica hubiera indicado que se apostaría fuertemente a una cartera muy presente, que asista y acompañe a las diferentes jurisdicciones provinciales -no sólo con los programas existentes y de fuerte incidencia en las mismas, sino con nuevas y variadas estrategias de acuerdo a la idiosincrasia y necesidades regionales- con el fin de asegurar la educación nacional. Pero pasó lo contrario: en la jerga popular, hubo un “vaciamiento”. Se desafectó personal, se desplazó a otros trabajadores, se discontinuaron programas, en algunos casos únicos sostenes de la deseada “equidad” educativa, como Conectar Igualdad, el Plan Nacional de Lectura y varios -especialmente del área socioeducativa- que intentaban asegurar que todos los niños y adolescentes tuvieran las mismas posibilidades de acceder a bienes materiales y simbólicos en su proceso educativo; se paralizó la formación docente, se tomaron como verdades bíblicas datos estadísticos de una más que cuestionada forma de relevar la calidad educativa (el Operativo Aprender) y, para coronar no sólo el camino iniciado en diciembre de 2015 sino también la “guerra” iniciada con los sindicatos, ahora se intenta legalizar la decisión de no cumplir la Ley de Financiamiento Educativo por medio del denominado “Plan Maestr@”.

Si bien todavía no ha ingresado al Congreso Nacional, ya se testea por medio de la web y, como antesala, Esteban Bullrich introdujo en el Senado la “Ley de Formación Docente” y la nueva “Ley de Financiamiento”, y en la Cámara Baja, la ley que crea el Instituto de Evaluación de la Calidad Educativa, combo legislativo que echará por tierra todos los logros no sólo de la gestión kirchnerista sino muchos otros que se remontan al retorno de la democracia, con el rechazo unánime de toda la comunidad educativa.

Frente a este verdadero vendaval, ni los sindicatos docentes (asediados por sus bases, disconformes por los magros logros de las medidas de fuerza y el impacto negativo en sus propios bolsillos), ni la oposición (teniendo que batallar en múltiples frentes) han encontrando, hasta el momento, la manera de frenar el embate contra la educación y los derechos no sólo de los trabajadores sino, y más importante aún, los de los chicos. Octubre decidirá gran parte de este futuro, que necesita urgentemente un cambio de rumbo. Si es que deseamos un país para todos y todas.

*Licenciado en Eduación