Por Mariano Beristain

El escándalo de corrupción generalizado colocó al presidente de Brasil, Michel Temer al borde del juicio político y a su par argentino Mauricio Macri preocupado por las consecuencias que podría desencadenar este hecho en su propio gobierno. Temer quedó más cerca de ser desplazado de su cargo a raíz de las confesiones del presidente de la multinacional cárnica JBS, Joesley Batista, quien grabó una conversación con el mandatario brasileño en la que le comenta que está pagando un soborno mensual para comprar el silencio del expresidente de la Cámara de Diputados Eduardo Cunha, condenado a 15 años de cárcel por corrupción. La respuesta de Temer a Batista fue delictiva: “Eso tienes que mantenerlo, ¿vale?”. Después, con el correr de las horas, se conocieron una infinidad de nuevas denuncias que colocan a Temer más cerca de la cárcel que de la Primera Magistratura de Brasil.

El terremoto brasilero ya prendió una luz amarilla en la Argentina. El gobierno avizora dos fuentes de contagio posibles: la económica y la política.

Vamos por partes. Apenas trascendió el escándalo, el primer efecto se sintió casi de inmediato en los mercados financieros de Brasil y de la Argentina. El Bovespa brasileño cayó casi 9% mientras que el Merval, en Buenos Aires, perdió el 2,95%. Una respuesta similar sufrieron las monedas. El real se devaluó 8%: el peso, por su parte, trepó 36 centavos y se ubicó en $16,27 por dólar, la mayor alza desde el Brexit inglés que conmovió a Europa y al mundo. Casi de forma instantánea, empezaron las especulaciones de los economistas locales y de los funcionarios de Cambiemos sobre las derivaciones que tendría la hipercorrupción del gobierno TEMER en la Argentina. Lo llamativo es que el portavoz de Macri no fue el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne ni el de Finanzas, Luis Caputo sino un alto funcionario del ala política: la ministra de Relaciones Exteriores, Susana Malcorra. Es decir, Cambiemos reconoció implícitamente que está más preocupado por el impacto político que por el económico.

Cuando le tocó intervenir, Malcorra no fue muy original con su frase pero blanqueó la importancia que reviste para Macri el caso Temer: “Si Brasil estornuda, nosotros tenemos neumonía”, apuntó la Canciller.

Los especialistas, muchos de ellos cercanos ideológicamente a Cambiemos, pintaron un panorama económico sombrío para el país. Por ejemplo, Marcelo Elizondo, director de la consultora DNI, intentó explicarle al portal INFOBAE que dada la estrecha relación comercial entre las dos naciones “con un dólar más caro en Brasil, será más difícil colocar productos argentinos”. Brasil es el principal socio  de la Argentina, con un intercambio de U$S22.500 millones.

Por su parte, el economista heterodoxo del CESO, Andrés Asiaín opinó en un informe al que tuvo acceso Mucho Más que Dos que “la crisis institucional en el vecino país, pone presión sobre la economía Argentina”. Por un lado, Asiaín coincide con Elizondo en que “la devaluación del real deteriora nuestra competitividad”, pero la enmarca “en un contexto donde la colocación masiva de deuda externa hace prever una menor depreciación del peso y la inflación interna parece fuera del control de las autoridades económicas”. Ambos economistas concuerdan en que el mayor impacto vía comercio exterior empeoraría las condiciones de la Argentina para colocar productos industriales en Brasil.

Aunque los últimos datos muestran que antes de la crisis TEMERaria, el país hermano podía llegar a crecer un  0,5% en 2017, Brasil lleva cuatro años de caída del PBI y ningún economista serio preveía que esta intrascendente mejora tuviera un impacto importante en la economía local. Fausto Spotorno, economista jefe de la consultora Orlando Ferreres y Asociados, en tanto, advirtió que el peor escenario “es el de una salida masiva de capitales” de corto plazo, que llegaron a la Argentina para hacer negocios rápidos y se mantienen gracias a la fiesta financiera de los LEBACs.

Desde el punto de vista económico-financiero, el efecto de esta crisis es relativo y muy difícil de mensurar. Puede haber un contagio por la vía financiera pero tampoco está del todo claro.

Es posible, incluso, que el gobierno argentino sobreactue las consecuencias del  TEMERario acto de corrupción con el fin de justificar los resultados nefastos del programa económico de Cambiemos sobre la población e incluso para adelantar el duro ajuste fiscal que tiene previsto lanzar después de las elecciones legislativas de octubre. La doctrina del shock forma parte del libreto ordinario de Cambiemos.

No sería extraño, entonces, que el Gobierno se monte en la crisis institucional brasileña para profundizar la política económica ortodoxa y extender el cerco represivo contra la población.

En cualquier caso, el gobierno intentará disimular la tragedia política que  esconde la crisis brasilera para el Ejecutivo argentino.

Las vidas políticas de Macri y Temer están fuertemente entrelazadas. Temer y Macri tienen una relación mucho más que estratégica, son estrechos socios políticos. O como se decía antes: gomías. Desde hace un par de días, Temer además se ha transformado en el incómodo espejo del presidente argentino.

A saber. Macri fue el primero mandatario del mundo en reconocer como presidente de Brasil a Michel Temer. Pero Temer no llegó al poder después de ganar una batalla electoral. No. Lo hizo tras un ácido golpe legislativo, al que apelaron el poder político conservador y el establishment económico para deshacerse de la presidenta electa Dilma Rouseff.

Por orden de Macri, Malcorra escribió el 13 de mayo de 2016 (horas después de que Temer se hiciera del poder) por twitter que “la Argentina continuará dialogando con las autoridades constituidas para seguir avanzando con el proceso de integración bilateral y regional”. Pero no se trató de un gesto apresurado. Macri, según el propio diario Clarín (https://www.clarin.com/mundo/argentina-reconoce-temer-seguira-dialogando_0_4yqsS-R-Z.html), ya le había dado al brasilero su voto de confianza una semana antes de asumir.  Desde entonces, Temer se reunió con Macri  en dos oportunidades en un año.

Los mandatarios han puesto en marcha un cruzada conservadora que incluyó una fuerte transferencia de ingresos de los asalariados a los sectores económicos más poderosos, esencialmente el agro, los exportadores, las multinacionales y un puñado de grandes industrias nacionales. Tanto Temer como Macri concentraron sus políticas en el sector agroexportador y financiero, lo que trajo aparejada una acelerada primarización de la economía y una pauperización de la calidad del trabajo en los dos países.

De acuerdo a un estudio del Banco Mundial, Brasil incorporará este año entre 2,5 y 3,6 millones de ciudadanos a la pobreza, que hasta 2015 pertenecían a la clase media. El fenómeno es similar al de Argentina que, en sólo cuatro meses de Cambiemos, sumó más de 3,5 millones de pobres, gracias a la hiperdevaluación de más del 60%, a la eliminación de los derechos de exportación y a la irrestricta apertura importadora. “Hacia finales del mandato de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se observaba que el 22% de la población de Capital y Conurbano estaba por debajo de la línea de pobreza, y el 5,9% por debajo de la línea de indigencia. La actualización de los datos hacia fines de abril indicaba un ascenso de la pobreza en ambos conglomerados hacia el 35,5% y la indigencia al 7,7%”, explicó el especialista del Instituto Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Eduardo Chavez Molina. Pero esos datos proyectados a todo el país resultan escalofriante. Hoy uno de cada tres argentinos es pobre y casi el 50% de los niños sufren esta condición.

Brasil, bajo el mando de Michel Temer, registró un aumento histórico en el número de desempleados durante el primer trimestre del año 2017, con 14,2 millones de ciudadanos desocupados. De acuerdo al Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), representa un crecimiento del 27,8% respecto del período enero-marzo de 2016. La Argentina siguió idéntico derrotero. Aunque no existen datos fidedignos del incremento del desempleo, desde la asunción de Macri se han destruido cientos de miles de puestos de trabajo en la industria, el comercio y la construcción, como consecuencia de la desarticulación del tejido productivo.

El avance de la pobreza, la indigencia y la desocupación en Brasil y la Argentina tiene varias explicaciones pero el común denominador es la política económica. Obviamente, estos peligrosos datos socioeconómicos estuvieron acompañados por una serie de medidas tendientes a darle más poder a las fuerzas de seguridad que acompañaron un aumento sustantivo de las políticas represivas contra la población.

La caída en desgracia de Temer también pone en entredicho la política común de la Argentina y Brasil para aislar a Venezuela y precipitar una crisis política que abra las puertas a una intervención armada de Estados Unidos y los países de la región contra este país. No se trata de un dato insignificante: la caída del presidente Nicolás Maduro podría romper decididamente el delicado equilibrio regional en favor de la alianza neoliberal que hoy encarnan México, Brasil, Argentina, Colombia, Perú, Chile y Paraguay. La debacle de Temer  daría un poco de aire a Venezuela y le pondría una pausa en los Tratados de Libre Comercio (TLC) en la región, aunque este análisis queda supeditado al nombre del hombre o la mujer que jure como nuevo presidente brasileño.

Sin embargo, hay un elemento que preocupa mucho a Macri y al Gobierno de Cambiemos: las implicancias de los hechos de corrupción de Brasil, fronteras adentro. Basta recordar que el caso madre de corrupción es el de la constructora Odebrecht, al que ahora se suma el de JBS y el de otros similares que enriquecieron a Temer y a sus funcionarios.

En la Argentina, el caso Odebrecht implicó directamente al titular de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), Gustavo Arribas, mano derecha del presidente, Mauricio Macri. Arribas fue acusado por el cambista brasileño Leonardo Meirelles, de haber recibido coimas de Odebrecht. La Casa Rosada y Arribas lo negaron insistentemente. Hace una semana, Meirelles amplió su denuncia y juró en su declaración testimonial que hizo diez transferencias al jefe de los espías argentinos por un total de U$S850.000, dinero que se habría utilizado para el pago de sobornos de Odebrecht en la Argentina.

Meirelles es un operador que reconoció haber intermediado en el pago de coimas de la  Oderbrecht en distintas partes del mundo, que se acogió al régimen de “delación premiada” en la causa del Lava Jato y aportó documentación sobre transferencias bancarias.

Sin embargo, a la Justicia argentina le ha costado avanzar en el caso porque nunca recibió el apoyo de sus pares brasileños. Se frenaron, al menos, tres pedidos de informes de la Justicia argentina.  El 30 de enero, el juez federal Ariel Lijo ordenó medidas de prueba en la causa en la que se averiguan los posibles lazos de Arribas, con el mayor caso de corrupción de Brasil. El magistrado lo elevó a Brasil, a través de la Unidad de Información Financiera (UIF), organismo que se apresuró a dictar la falta de mérito de Arribas.

El 6 de febrero, el juez federal Rodolfo Canicoba Corral, a cargo de la causa, envió exhortos a Brasil y a Suiza para solicitar información vinculada con Arribas.

A través de la Cancillería Argentina, el 16 de mayo, el fiscal de Investigaciones Administrativa, Sergio Rodríguez, pidió a la Justicia brasileña documentación que acredite los pagos ilegales al titular de la AFI. El pedido de Rodríguez también se encuentra “demorado”. En rigor de verdad, el Gobierno de Temer está fuertemente sospechado de interferir para que la Justicia brasileña no aporte los datos que confirmarían la denuncia de Meirelles y pondría en aprietos a  Gustavo Arribas y a su mentor, Mauricio Macri.

En estos momentos, Macri y todo Cambiemos rezan porque se resuelva cuanto antes la situación de Temer y también oran porque su sucesor sea un hombre/mujer cercano (a) política e ideológicamente,  pues, de lo contrario, las esquirlas podrían poner en jaque al gobierno argentino.