UN DEBATE INELUDIBLE EN TIEMPOS DE CONCENTRACIÓN ECONÓMICA Y DOMINACIÓN GLOBAL

Por Luis Federico Ariasi

A través de diversos y breves artículos que iremos publicando periódicamente, intentaremos abordar algunos aspectos vinculados a la necesidad de llevar adelante un cambio constitucional en la Argentina, para que la ley suprema sea la expresión genuina de los procesos políticos, económicos y sociales que sintetizan los avances de los gobiernos populares en nuestra América Latina, frente a la presente consagración de genéricos principios, adecuados al contexto ideológico del iluminismo que inspiró nuestra Constitución de 1853, con las reformas de 1860, 1866 y 1898, pero que a la postre, solo sirvieron para la consolidación del poder de la élite terrateniente, la burguesía porteña y el dominio del poder mundial porque, como bien se ha señalado:

No es posible realizar un análisis tan exhaustivo de la Constitución de 1853 como el que acomete Alberdi para demostrar que en su totalidad y aún en sus cláusulas aparentemente no económicas, ella está al servicio integral de las conveniencias del capital extranjero”.1

Ocurre que más allá de los principios de libertad, igualdad y fraternidad propiciados por la ilustración durante el S XVIII, de los cuales se nutrieron nuestros próceres de la patria sudamericana y sirvieron de inspiración para la consagración de las respectivas constituciones; lo cierto es que dichos estándares solo favorecieron el desarrollo de los intereses de las minorías que tradicionalmente detentaron el poder rentístico y concentrado de la economía nacional, así como el dominio de la estructura institucional, imponiendo un modelo cultural instalado en vastos sectores de la sociedad, cuyo resultado se traduce en un sentido común de corte mercantil, individualista, autoritario/represivo, corporativo y extranjerizante, que ha desconocido la identidad y la diversidad de nuestros pueblos, así como su raza y su cultura, tal como ha sido expresado por la influyente pluma de Alberdi:

¿Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos? Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radiquémoslas aquí. ¿Queremos que los hábitos de orden, de disciplina y de industria prevalezcan en nuestra América? Llenémosla de gente que posea hondamente ésos hábitos. (…) Si queremos ver agrandados nuestros Estados en corto tiempo, traigamos de fuera sus elementos ya formados y preparados.” 2

Una minoría europeizante y mayoritariamente porteña que generó un proceso desigual y concentrado de distribución de la tierra –como principal factor de producción- que gestó la oligarquía terrateniente venidera; puesto que:

“…la Argentina no logró generar una clase media rural (…) que ampliase el mercado interno y estimulase el desarrollo regional. Esto significó, al ser el sector agropecuario la principal actividad económica que motorizaba al país, una gran concentración de poder en manos de los grandes estancieros, que, por lo general, no volcaron sus ganancias a las nacientes actividades industriales, o directamente las obstaculizaron, promoviendo la más amplia apertura comercial a fin de colocar sus productos en el exterior. (…) La poderosa elite que gobernaba el país tenía como principales características una cultura fuertemente rentística (sus principales ingresos provenían de la renta de la tierra); una conducta en el poder antidemocrática, basada en la marginación de gran parte de la ciudadanía, la corrupción y el fraude electoral; y una visión del mundo dependiente (se llegó a pensar a la Argentina como una especie de «colonia informal» del Reino Unido).”3

Y estas condiciones de dominación externa e interna fueron posibles merced a la libertad de comercio, industria y navegación consagrada en nuestra Constitución (art. 14), al carácter “inviolable” de la propiedad (art. 17), la política migratoria que propició la idea de “fomentar la inmigración europea” (art. 25) y la “libre navegación de los ríos” (art. 26) declarada merced a las exigencias del imperio británico.

Y es por esa misma razón que las élites dominantes siempre impidieron la transformación constitucional antes de la Constitución de 1949, y luego de la misma, siendo ésta derogada –a espaldas del pueblo- por la proclama del 27 de abril de 1956 del presidente de facto general Pedro Eugenio Aramburu, el vicepresidente de facto y sus ministros:

“…no puede afirmarse que en esos términos precisos la reforma constitucional haya sido un anhelo popular. Nacimos con nuestros sentimientos ya educados a la reverencia del mito. La Constitución de 1853 era el hecho perfecto, concluso y tan intangible como la soberanía misma de la Nación. Pretender enmendar un solo inciso de uno de sus artículos era idea que parecía agraviar tanto como una mancilla a los símbolos de la nacionalidad. La sola proposición de una posibilidad de corrección de la constitución de 1853, llegó a equipararse a un riesgo de destruir la estabilidad de la organización nacional.” 4

Tal vez la revalorización de estos aspectos históricos de sesgo nacional y antimperialista puedan resultar anacrónicos para una mirada desprevenida de la actualidad, pero, como señala acertadamente Atilio Borón, la molesta y desagradable supervivencia de este fenómeno de dominación geopolítica, solapado en los ochenta y los noventa, reconoce en la globalización, una nueva “fase superior” del imperialismo que representa la transición se su concepción clásica hacia otro de nuevo tipo, basado en las actuales condiciones bajo las cuales se desenvuelve el modo de producción capitalista. La palabra “imperialismo” había desaparecido, pero los hechos son porfiados y tenaces, y a la larga este vocablo renació desde sus cenizas. La razón es muy simple: casi todo el mundo está sometido a los rigores de una estructura imperialista, y los Estados Unidos desempeñan un papel esencial e irreemplazable en el sostenimiento de esa estructura5. Es un neo-imperialismo caracterizado no solo por la dominación geopolítica de algunos Estados, sino fundamentalmente por expansión globalizada de las transnacionales y el capital especulativo luego de la caída del muro de Berlín. Basta pensar que, según la Fundación Global Justice Now, de las 100 entidades económicas más grandes del mundo, 69 son corporaciones y sólo 31 son países. Los vastos recursos de lobby permiten a las empresas a ejercer una influencia significativa sobre los gobiernos y las instituciones internacionales para ayudar a promover sus propios intereses6.  Mientras el poder de las multinacionales se expande rápidamente, los EEUU y sus aliados estratégicos garantizan las condiciones que permiten esa dominación económica mediante su poderío bélico y la apropiación de los recursos naturales7.

El análisis de la historia desde esta perspectiva, nos permite reconocer que fueron muchos los fracasos institucionales emancipatorios que hemos padecido. Basta pensar solamente en los seis años transcurridos para la declaración de independencia luego del primer gobierno patrio, o los cincuenta años que demoró la organización definitiva de la Nación a través del dictado de la Constitución y la ulterior incorporación de Buenos Aires a la Confederación Argentina. Mucho podrá decirse de los conflictos internos que, en definitiva, fueron el resultado de una confrontación cultural que aún persiste, pero lo cierto es que gran parte de esta dilación fue producto de la dominación extranjera, que perduró –y subsiste- aún después de nuestra independencia formal.

José María Rosa nos recuerda la manifiesta influencia y oposición del imperio británico, ejercida luego de la revolución de mayo, a través de Lord Strangford y otros intermediarios, para evitar la declaración de independencia de la patria8 y mantenerse fiel a la Corona de Fernando VII; como así también, la influencia de los agentes del Foreign Office en las políticas locales y el escandaloso préstamo de la Baring Brothers que, junto a otras concesiones comerciales de la contrarrevolución rivadaviana, determinaron –como señala acertadamente N. Galasso- que el reconocimiento formal de la independencia por parte del Reino Unido, representara al mismo tiempo, la imposición de la dependencia:

Todo indica que el empréstito –así como sucedería un siglo y medio después bajo la dictadura militar (1976-1983)- fue impuesto por la banca extranjera como un medio de obtener rédito financiero y una forma de asegurar nuestra dependencia, sin que existieran casusas internas que lo justificasen.” 9

Por supuesto que la nueva realidad internacional cambia vertiginosamente, pero la estructura de dominación se mantiene: en la búsqueda de enormes beneficios, las grandes empresas maximizan sus ganancias, sin tener en cuenta los derechos humanos y la destrucción del medio ambiente. Y este poder corporativo afecta a todos: desde los alimentos que ingerimos, hasta los servicios médicos que necesitamos para mantenernos saludables, las corporaciones han tomado el control de gran parte de nuestra vida y de las relaciones humanas. Y en un mundo donde el beneficio manda, la salud, vivienda y otros derechos fundamentales pasan a segundo plano o, sencillamente, no interesan.

Frente a esta nueva realidad global, y el realineamiento argentino, con políticas que parecen desempolvar -bajo una fachada democrática- los principios y objetivos contrarrevolucionarios de los gobiernos antipopulares y dictatoriales que irrumpieron periódicamente en nuestra historia, la discusión de un cambio constitucional deviene inevitable. Tal intención no constituye un mero debate jurídico, sino el simple propósito de avanzar hacia un proyecto de vida colectivo que ponga a resguardo los derechos conquistados y garantice la consolidación de una independencia político/económica real frente a la dominación externa de un capitalismo global desenfrenado y subyugante que genera desigualdad, segregación social, injusticia y pobreza hacia el interior de las sociedades occidentales en general, y de los pueblos más postergados en particular.

En el próximo artículo analizaremos un olvido imperdonable de nuestros Constituyentes: el derecho a la vida y la integridad física.

1 Scalabrini Ortíz, R. “El capital, el hombre y la propiedad en la vieja y en la nueva Constitución”, Buenos Aires, ED. RECONQUISTA, 1948, pág. 12.

2 Alberdi, J. B. “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, Buenos Aires, Librería Histórica, 2002, pág. 42.

3 Rapoport, Mario. “Mitos, etapas y crisis en la economía argentina”, disponible en: http://www.mariorapoport.com.ar/uploadsarchivos/mitos__etapas_y_crisis_en_la_economi__a_argentina.pdf

4 Scalabrini Ortíz, Raúl. op. Cit. Pág. 6.

5 Boron, Atilio. América Latina en la geopolítica del imperialismo. -4ª. Ed.-, Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Luxemburg. 2014, pág. 41.

6 Véase http://www.globaljustice.org.uk/reining-corporations

7Véase Chomsky, N. ¿Quién domina el mundo? Buenos Aires, Ed. B.S.A., 2016, pág. 63 y sgtes.

8 Rosa, J. M. “Historia Argentina”, T. III, Buenos Aires, Ed. Oriente, 1979, pág. 11, 359 y sgtes.

9 Galasso, N. “Historia de la Argentina: desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner”, 1ª ed., Buenos Aires: Colihue, 2011, T. I, pág. 235.

i Abogado. Especialista en Derecho Público. Juez en lo Contencioso Administrativo de La Plata.